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De Quimeras y Ensoñaciones

En el cafetal

En el cafetal En un cafetin de un pueblo cafetero, un individuo muy cafre tomaba té servido con tetera por una camarera con dos grandes tétricas ojeras afeando su lindo y cejijunto antifaz claroscuro de mirar profundo, orejas algo más tiesas y menos pendejas que las de Dumbo, mujer sin rumbo que acabó en el cafetal después de dar mil tumbos de poblado a pueblucho, de cafetería a caduco cafeto, de bareto en bareto dando conciertos con el bamboleo de su cuerpo cafeinómano de caderas con cadencias de calaveras paseando en primavera por camposantos de sañudos santurrones que amparados en legajos no dictados y apetitos de sapos malcriados alargaban sus pegajosas miradas por donde la lengua no llegaba.
Hay burros que fuman puros, habanos con vitola de primera que sujetan entre labios agrietados y dentera amarillenta en un afán de aparentar una quinta esencia de mal lucida solera, ratas de cafetales que se creen dueños de toda la tierra, adalides de infelices, feligreses de iglesias con deseos de mujeres altaneras y fieras que se defienden y no se dejan, pelean, se enfrentan, se arma gresca, uñas largas que cual garras buscan partes blandas, arañan, y el tiempo deja un parche pirata ocultando cicatrices de batallas.
Hoy es domingo. Hay apetencia, hay cafres buscando montar sobre grupas de yeguas ligeras, zanahorias sobre la boca, besos y manos inquietas que tocan cualquier cosa.
Un sopapo.
Un guantazo.
Un cachete bien dado.
Hay cafres que no toman café, sólo té, te arruinan la mañana, quieren té con cafeína, una aspirina teñida de pastilla efervescente con unas gotas de aguardiente, un beso en la frente, un mordisco en la oreja, un pendiente que se pierde entre los pies de la gente, una bebida caliente que se derrama de forma intencionada sobre un bulto que asoma cerca de una cremallera atorada, gritos en el local de mala muerte, una camarera que a gatas busca un recuerdo perdido entre un suelo sucio, casi podrido, un señor de postín que habiendo dado un beso indecoroso y un mordisco lascivo y ladrón, anda húmedo y mojado, caliente y abrasado, quejándose, doliéndose, palpándose en semejantes partes. Pataletas. Berrinches. Golpes dados con la mano sobre la mesa, puñetazos a diestro y siniestro de un cafre irritado. Patadas bien dadas, mesas que ruedan. Un pendiente que en suelo no se deja privar de su libertad encontrada y su dueña que se afana entre baldosas viejas a barrerlas casi con las orejas, como si ellas fuesen un imán atrayente de perdidos pendientes.
Tocan las campanas de la iglesia.
Hay una rifa benéfica. Una muñeca que siempre toca.
Es desleal liar la madeja por el final, acabar sin empezar, perder la mitad sin haber jugado a nada, beber té en tierra de café, cometer un deslucido desliz mareando la perdiz, tocarle la nariz a un cafre que se cabrea y le nacen sables de la sesera con los que arrea mandobles sobre las mesas, desmadres de manotazos, algún que otro desmayo, brazos fuertes que guerrean.
¡ Que empiece una buena pelea ¡
Es domingo en el cafetal, gentes que van a la iglesia, limpias, perfumadas, aseadas, el calor que pega sus ropas en pegajosa manera, madejas de pieles sudadas que acuden siempre fieles a la llamada de una campana.
Pelea en el santoral, paz en el cafetín.
En el cafetal, en domingo, nunca pasa nada.

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